Tragedia

Tragedia
Tragedia

 

Yo estoy convencido de que hay algo trágico en mí. Está en mi sangre. Se esconde en mi información genética. Las memorias más antiguas de mi familia tienen que ver con abandonos, suicidios, enfermedades eternas y plegarias. Después está la impronta personal que uno le agrega, porque uno hace como uno aprende a fin de cuentas; y si bien uno es una nueva persona, va cargando esa mochila de sentimientos, heridas y golpes que ni siquiera son propios y que lo empujan a repetir errores de otros.

Cuando era chico me frustraba mucho eso de ser el dramático, al que la gente se sentía cómoda teniéndole la correcta cantidad de lástima. Al mismo tiempo, yo siempre sentí que me manejaba por la vida como cualquier otro chico de mi edad, así que era más una frustración por el otro que por mí mismo.

Mi casa era rara, faltaba un padre, faltaba bastante plata, y a los ojos de la gente supongo que no encajaban un montón de cosas. En mi cabeza el único problema era no poder comprarme la revista Anteojito esa semana (¡y esa semana traía un juguete tan lindo!)

Hace poco le contaba a un amigo (bastante más joven que yo) que la está pasando difícil con su propia carga, que hay otro mecanismo en nosotros, la gente trágica. Hay algo que nos junta, algo que nos hace reconocernos en el montón. Olemos esa sensibilidad particular de las personas a las que nos rompieron el corazón bien temprano en esta vida; cuando eso pasa, la gente trágica suma un amigo.

La realidad es que la tragedia no importa, y de importar, en la mayoría de los casos se la resuelve enfrentándola, reconociendo su existencia y, lo más importante de todo, siguiendo adelante con la vida.

El dolor siempre va a estar ahí. Negarlo únicamente lo hace detonar en otro momento con más intensidad. Ritualizarlo lo hace crecer aún más. Hay que mirarlo a los ojos y explicarle que uno no tiene más tiempo para perder prestándole atención. Hay que decirle que ese lugar en donde está localizado va a ser el lugar más fuerte una vez que haya cicatrizado. Y cuando se ponga nervioso y baje la mirada uno tiene que saber levantarle la cara, mirarlo de nuevo a los ojos y explicarle que a partir de ese momento va a aparecer cada vez menos, porque se va a ir transformando en otra cosa, se va a fusionar con tu propia médula y te va a mantener erguido y con la frente alta.